Regla de San Agustín

Regla de san Agustín

Capítulo I

Del amor de Dios, unión y conformidad en obras y acciones

Ante todas cosas, hermanas carísimas, sea Dios amado y después el prójimo: porque estos dos mandamientos nos fueron principalmente dados. Esto es lo que mando guardéis las que estáis en el monasterio. Primeramente, que tengáis paz, y una alma y una voluntad en el Señor, pues para esto vivís en una casa. Leer más
No seáis propietarias, pero tened todas las cosas en común, y repártase por la superiora el comer y vestir, según la necesidad de cada cual; no igualmente a todas, porque no todas tienen igual necesidad. Como leemos en los Hechos de los Apóstoles, que todas las cosas tenían en común: las cuales eran distribuidas a cada uno según su necesidad. Las que en el mundo tenían bienes, cuando entran en el monasterio, tengan por bien que aquéllos sean comunes a todas; y las que no los tenían no busquen en el monasterio que en el mundo no pudieron haber. Pero provéase a sus necesidades lo que fuere necesario; aunque hayan sido tan pobres en el mundo que no alcanzasen 1o que habían menester. Y no por eso piensen ser dichosas, porque han hallado en el monasterio comer, y vestido, lo que en el mundo no tenían. Ni se ensoberbezcan por estar en compañía de aquéllas, a las cuales en el mundo no se atrevieran llegar. Antes alcen el corazón al Señor, y no hagan caso de la vanidad de cosas terrenas: porque los monasterios no comiencen a ser provechosos a las ricas que allí no se humillan, ni a las pobres que allí se ensoberbecen.
También las que en el mundo eran tenidas en algo, no desprecien a sus hermanas que de la pobreza vinieron a la santa compañía; antes se precien más de la compañía de las hermanas pobres que de la dignidad de los padres ricos.
Ni se ensoberbezcan si dieron sus bienes para provecho de la comunidad, ni tengan vanagloria de sus riquezas, si las repartieron en el monasterio, más que si gozaran de ellas en el siglo.
Los otros pecados con malas obras se acompañan, mas la soberbia también se mezcla en las obras buenas para perderlas.
¿Qué aprovecha dejar las riquezas, y hacerse pobre, si la triste del alma tiene más soberbia por dejar los bienes, que tuviera si los poseyera de hecho?
Vivid, pues, todas unánimes y concordes, y honrad en vosotras mismas a Dios, de quien sois vivo templo y habitación.

Capítulo 2

De la asidua oración, meditación y penitencia

Haced oración a tiempos y horas concertadas. En el oratorio nadie haga otra cosa de aquello para que fue hecho, porque por eso se dice oratorio; porque si fuera del tiempo ordenado para la oración, alguna quisiere orar, no la estorben ni perturben las que allí hacen otra cosa.
Cuando decís salmos, o himnos, tened en el corazón lo que decís por la boca; y no cantéis sino 1o que está escrito que se ha de cantar.
Domad vuestra carme con ayunos y abstinencia según vuestras fuerzas. Cuando una no puede ayunar, no coma fuera de la hora de la comida acostumbrada, si ya no está enferma.
Cuando coméis oíd con silencio lo que se lee; porque no sólo coma la boca, pero también los oídos reciban igualmente la palabra de Dios.
Si a las enfermas se da algún regalo, no les parezca mal a las sanas; ni porque les den lo que no se da a ellas, las tengan por más dichosas; antes hagan gracias a Dios, que pueden pasar sin lo que se da a las enfermas.
Y si a las que vivieron en el mundo más regaladas se da algo de vestido, o comida, que no seda a las que tienen más fuerzas, no por eso se han de indignar como de cosa injusta; antes bien, alabar al Señor, que pueden con sus fuerzas lo que no pueden las más flacas, y más delicadas: ni se hace esto por honrarlas, sino por soportar las. De otra manera sería detestable perversidad en el monasterio, do las ricas se dan al trabajo según sus fuerzas, las pobres se hiciesen delicadas.
Y como las enfermas han de comer menos, porque no les dañe: así después de la enfermedad se han de tratar de manera que más presto cobren la antigua salud, aunque en el mundo hayan sido muy pobres.
A estas da la enfermedad lo que dio a las ricas su costumbre y condición. La enfermedad que han pasado requiere lo que las ricas han menester según la costumbre que en el mundo tuvieron: pero cobrada salud y fuerzas, vuelvan a su acostumbrada costumbre primera, la cual tanto parece mejor en las siervas de Dios, cuanto menos necesidad tienen. No las detenga el deleite del comer, cobrado que hayan salud, a las que por enfermedad recreaban. Y aquellas se tengan por más ricas, que son más fuertes para sufrir la parsimonia, porque más vale tener poco que tener mucho.

Capítulo 3

De la honestidad del hábito y costumbres

No sea el hábito notable, o curioso: no deseen agradar en el vestido, sino en la virtud y costumbres. Aunque veáis algún hombre, no pongáis en él ahincadamente los ojos. No se os defiende el mirarlos, sino el codiciarlos, que esto, y ser de ellos codiciadas, es cosa criminosa.
No digáis que tenéis casto el corazón, si tenéis lujuriosos los ojos: porque el mirar deshonesto es indicio de la deshonestidad del corazón. El mirarse con afecto engendra la concupiscencia carnal, que aunque sea sin intervenir tocamiento libidinoso destruye y quita la castidad.
No piense la que desenvueltamente mira al hombre, y gusta de ser mirada, que no la ve otro: porque verdaderamente lo ve alguno, y quien ella no piensa. Pero ya que esté tan secreto que ninguno lo vea, ¿qué hará que no puede esconderse de aquel que desde el cielo todo 1o mira, y con su alta sabiduría disimula?
Tenga, pues, temor la mujer santa de desagradar al Señor, por agradar al hombre: y piense que el Señor todo lo ve. Mire que la mira Dios. Tenga temor de lo que está escrito: «Abominable es a los ojos de Dios la persona que pone los ojos en lo que le está defendido y vedado» (Prov 27, 20).
Cuando estáis en la Iglesia juntas, o en otro lugar donde hay hombres, celad unas a otras la castidad: Dios que habita en vosotras, os guarde a unas por las otras. Así, si veis a alguna que en el mirar sea libre y deshonesta, avisadla luego, porque el mal comenzado no pase delante, y se enmiende. Y si, después de avisada, otra vez u otro día vuelve a lo mismo, denúncielo a la prelada: pero antes que lo haga corríjala delante de una, o dos, porque con el dicho de dos, o tres, quede convencida, y competentemente castigada.
No penséis que en esto erráis, porque peor sería si pudiendo enmendar a vuestras hermanas manifestando su culpa, se perdiesen por callarlas, y encubrirlas.
Si tu hermana tuviese una herida, y por temor de la cura no quisiese manifestarla, cruel serías tú en no descubrirla, y muy piadosa manifestándola. ¿Cuánto más has de manifestar la llaga que tu hermana tiene en el alma, porque no se pierda?
Pero antes que se muestre con los testimonios que ha de ser convencida, si lo niega, decirlo has a la prelada, que por ventura amonestada por ésta, ella se enmendará, y no se publicará su culpa. Mas si lo niega, publíquense los testigos delante de todas, porque no solo sea argüida de una, sino convencida de dos, o tres testimonios, y castigada por la superiora conforme a la culpa. Y si rehúsa hacer la penitencia que se le da, aunque ella no quiera, lanzadla de vuestra compañía, que esto no es crueldad, sino misericordia; porque a las otras no dañe su culpa e inobediencia.
Lo que he dicho del mirar deshonestamente, se inquiera y juzgue con diligencia en los demás pecados.
La que vendrá a tanto mal que recibirá cartas o presentes en escondido, si voluntariamente conoce, y confiesa su culpa, perdonársele ha, y hagan oración por ella. Mas si la cogen en el delito, y es convencida, castíguenla conforme la culpa.

Capítulo 4

Que todo sea común, y de las enfermas

Tened vuestros vestidos en común: una o dos los guarden, y limpien porque no se arnen; de manera que así habéis de vestir de un mismo vestuario, como comer de una misma despensa. No habéis de llevar cuenta si os dan el vestido que otra llevó, o el que dejasteis, pues según su necesidad se ha de proveer cada una. Y si por esta causa entre vosotras hay algunas quejas, o murmuraciones, de aquí sacaréis cuánto os falta del santo hábito interior, pues toda vuestra porfía es por el hábito exterior.
Todo cuanto trajere una al monasterio, se ponga en común: y lo que trabajareis sea en común para todas, y no para sí en particular. Y esto lo habéis de hacer con mayor alegría que si fuese para cada una en particular: porque ésta es la perfecta caridad, que no busca su propio interés, sino el bien común de todas, que es perfección evangélica.
Y así, cuanto mejor hubiereis tratado las cosas de la comunidad que las vuestras propias, tanto más habréis aprovechado a vosotras mismas, y resplandecerá mucho más vuestra caridad.
Sacaréis de aquí, que cuando os dan alguna cosa, no la encubráis a la prelada, antes se la entregaréis; para que ella la distribuya a quien más necesidad tuviere. De otra manera, la que ocultare cualquier cosa que le dieren, sea argüida de hurto. Vuestras ropas se han de lavar conforme lo ordenare la prelada, o por vuestras manos, o por otras; de tal manera, que el demasiado cuidado de la limpieza exterior no inficione, ni amancille la limpieza interior del alma.
Cuando por necesidad de enfermedad corporal será forzoso dar baño a alguna, no se le prohíba, hágase sin murmuración, por consejo de médico: de modo que aunque la enferma contradiga, mandándolo la prelada se haga lo que cumple para la salud; y si la enferma lo quisiere, y no conviene, no se haga: porque muchas veces creerá que aquello que le agrada le ha de aprovechar, siendo dañoso.
Finalmente, si tuviere algún dolor secreto, den crédito a la sierva del Señor, sin poner en ello duda. Y si la paciente pidiere algún remedio que a ella le agrada, y hay duda si le será de provecho, consúltenlo con el médico.
Haya una enfermera que tenga cuidado de pedir lo que es menester para las enfermas, y para las que van de mejoría, aunque no tengan calentura.
Las que tienen cargo de las cosas de comer, vestir, y libros, sirvan sin murmuración a sus hermanas; y los libros pídanse a cierta hora conveniente, y fuera de aquélla no se den. Y no difieran dar el vestido, y calzado, las que tienen el cargo, a las que tienen necesidad, cuando lo demandaren.

Capítulo 5

Del amor y caridad que se han de tener

No haya entre vosotras pendencias, ni discordias; y en oliéndose, lanzadlas de presto: no crezca la ira, y pare en enemistad, y de una paja se haga una viga que mate el alma.
Así leemos: <> (1 Jn3,l5).
La que injuria a otra, deshaga presto lo mal hecho con perfecta enmienda, y la agraviada sin contienda la perdone.
Y si dos se habrán injuriado, enmiéndense las dos, pidiéndose perdón la una a la otra, perdonándose de corazón; que éste ha de ser el efecto de vuestra oración: cuanto fuere más continúa, os ha de hacer más santas, y fáciles al perdón y caridad.
La que no demanda perdón de corazón aunque de hecho no la lancen del monasterio, de balde está en él; por eso guardaos de hablar con aspereza. Si habéis enojado a otra, no emperecéis de curar con la boca lo que habéis dañado con ella.
Y cuando por castigar a la que tiene culpa os alargáis en palabras, aunque excedáis en el modo, no sois obligada a pedir perdón a vuestras súbditas: porque podría ser que guardando mucha humildad, desautorizaríais el oficio.
Pero demandaréis perdón al Señor, que conoce cuánto amáis a la que por ventura castigáis más de lo justo. No os habéis de amar unas a otras corporal sino espiritualmente.

Capítulo 6

De la obediencia a las superioras

Obedeced a vuestras mayores, y más a la superior que a la inferior, que tiene cuidado de todas vosotras. Y porque todo esto se guarde; y si en alguna cosa se errare, haya enmienda, la prelada inferior dé aviso a la superior de lo que ella no puede remediar, ni castigar.
No se tenga la prelada por bienaventurada por mandar, sino por servir con caridad.
Honrad a vuestra prelada, y ella con temor del Señor dé buen ejemplo de vida, castigue las inquietas, conforte las pusilánimes, consuele las enfermas, tenga paciencia con todas, dé disciplinas de buena gana, porque tengan temor: y aunque sea menester amor y temor, escoja ser más amada de vosotras que temida. Acuérdese que ha de dar a Dios cuenta de su oficio.
Obedeciendo vosotras de corazón, no sólo hacéis misericordia a vosotras mismas, más aún a vuestra prelada, la cual tanto está en mayor peligro, cuanto entre vosotras tiene más alto lugar.
Deos el Señor poder para guardar esta Regla como amadoras de la hermosura espiritual, dando en vuestro trato y conversación buen olor de Cristo, no como siervas y esclavas apremiadas bajo la ley, sino como hijas libres bajo la gracia constituida.
Y porque en este libro os miréis como en espejo, leedlo cada semana una vez; y cuando conoceréis que obráis lo que en él está escrito, dad gracias al Señor que da todo el bien. Y cuando veréis que en alguna cosa hicisteis falta, péseos de lo pasado: y guardaos en lo por venir de caer otra vez suplicando al Señor os perdone, y guarde no caigáis en tentación.