La Orden

En 1562 Juan de Ribera es nombrado obispo. Hombre motivado por la reforma en la Iglesia, la de monasterios, entre otras, es una de sus prioridades. Conoce desde 1564 la obra de Sta. Teresa y en 1571 le pide fundar en Valencia, a lo que la santa no puede acceder. En 1574 un breve de Roma le nombra reformador del convento de San Cristóbal de Valencia, de agustinas canonesas, donde encuentra monjas muy afines con sus deseos de reforma.  Con ellas iniciará un nuevo camino reformado: Las agustinas descalzas. (Leer más)

Con la nueva fundación busca la reforma de la vida religiosa lastrada por la rutina, la excesiva familiaridad con seglares, condicionada con valores humanos en el ejercicio de la autoridad, etc. Todo esto va a ser sustituido por prácticas y valores como la sencillez e igualdad en el trato entre las hermanas, el silencio, un clima de austeridad y humildad, la clausura, el recogimiento y el retiro, el desasimiento que favorezca la oración y la unión con Dios. Se cuida el tener largos tiempos para la oración, meditación, lectura y trabajo, renunciando a cuanto sepa a mundo y privilegios, orgullo y divisiones.

Dos son los propósitos que Juan de Ribera marca a sus monjas: procurar ante todo la honra de Dios y ser contrapunto y reparación de los pecados del mundo especialmente los ocasionados por las mujeres que causan escándalo en la sociedad y la Iglesia.

Comunidades fundadas:

ETAPA FUNDACIONAL (1597-1663)

ALCOY: LA IGLESIA DEL SANTO SEPULCRO (1597)

A finales de 1568 el robo del Santísimo Sacramento y posterior hallazgo fue un hecho que conmocionó a toda la localidad de Alcoy y convirtió el lugar del hallazgo en Capilla llamada del Santo Sepulcro, por relacionar el entierro de las formas con el Sepulcro del Señor Jesús. Desde el primer momento fue lugar de fervor eucarístico. En 1596 se decide sustituir esta capilla por una amplia Iglesia y el 25 de enero se da la bendición de la primera piedra por el arzobispo Juan de Ribera, indicando en la misma que será inicio de Iglesia y Convento de Agustinas. Era la propuesta hecha por el arzobispo y aceptada por la localidad, que la providencia ofrecía al Patriarca para materializar su deseo de contar con conventos reformados en su diócesis, encabezando él mismo en persona la responsabilidad como fundador de esta iniciativa.

El 11 de diciembre de 1597 salían del convento de S. Cristóbal las agustinas: Dorotea Torrella, Juana Ferrer, Vicenta Sabater y la novicia Ana María. Fueron al Convento de S. José de Valencia, de carmelitas descalzas, para vivir con ellas durante 4 días. Es aquí donde cambian el hábito con hechura carmelita, pero manteniendo el color negro agustino; aquí cambian el nombre dejando sus apellidos familiares para adoptar los religiosos de Dorotea de la Cruz, Juana de S. José, Vicenta de S. Pablo y María de Jesús. Con ellas marchan a Alcoy tres carmelitas descalzas a petición de san Juan de Ribera para permanecer el año considerado de noviciado con ellas y consolidar así los puntos fuertes de la reforma. Hacen su entrada en Alcoy el 18 de diciembre de 1597. Tras este tiempo de preparación, antes de realizar la profesión, el Patriarca se retiró para trascribir, revisar e imprimir los textos carismáticos: Regla de san Agustín, Constituciones de santa Teresa y su Epístola introductoria a Sor Dorotea de la Cruz.

El 19 de diciembre de 1598 profesaban las cuatro en manos del fundador Juan de Ribera. Abundan las vocaciones y 6 años después pueden salir de esta casa 6 hermanas para una nueva fundación.

DENIA: CONVENTO DE NTRA. SRA. DE LORETO

Francisco Gómez de Sandoval y Rojas, marqués de Denia, duque de Lerma y valido de Felipe III es quien pide esta fundación como uno más de los actos que se dieron con la visita a Valencia del rey y su corte en una estancia de dos meses, del 23 de diciembre de 1603 al 21 de febrero de 1604.

Había pedido al Patriarca fundar un convento y dejaba a su elección la Orden a la que perteneciera. El 25 de enero de 1604 entraban en Denia las fundadoras con gran solemnidad: Dorotea de la Cruz, Teodora de san Gregorio, Emerenciana de la Ascensión y María del Espíritu Santo. En el mismo acto tomaron el hábito varias jóvenes de la localidad, entre ellas Mariana de San Simeón, posterior fundadora de los conventos de Almansa y Murcia. También ingresa en esta comunidad María de Jesús Gallard que, junto a las Madres Dorotea y Mariana, serán las tres agustinas descalzas más representativas de su Orden en la etapa fundacional.

VALENCIA: DE MONASTERIO DE LA MADRE DE DIOS A CONVENTO DE SANTA ÚRSULA

Uno de los casos más espinosos para el Patriarca fue el monasterio de la Madre de Dios en Valencia. Tras varios intentos de corrección y orden Roma lo declara extinguido y Juan de Ribera con los bienes y derechos del extinguido monasterio y algunas de las hermanas del mismo que se prestan a secundar la iniciativa funda un nuevo convento de agustinas descalzas encabezadas por tres hermanas venidas de Alcoy: Juana de san José, Magdalena de san Cristóbal y Teresa de Jesús. Hicieron su entrada el 21 de octubre de 1605, fiesta de Santa Úrsula, titular del nuevo convento. A los 5 años ya contaba con 25 hermanas debido a la afluencia de nuevas vocaciones.

ALMANSA: CONVENTO DEL CORPUS CHRISTI

Doña Ana Galiano, muerto su marido, pensó dedicar sus muchas posesiones para la fundación de un convento y se dirige al Patriarca para ofrecerle el proyecto y sus haberes. Tras superar tensiones con otras Órdenes que deseaban ser las destinatarias de la oferta, por fin, el día de reyes de 1609 salen de Denia las 4 fundadoras: Mariana de san Simeón, Francisca de san Agustín, Paula de san Antonio y Constanza de la Concepción, el mismo día de la fundación ingresa como novicia Dª Ana Galiano y dos sobrinas, las vocaciones siguen afluyendo y 3 meses después ya son 11 de comunidad, el incremento de la comunidad volvió precarios los haberes y la M. Mariana sacó su ingenio inventando un modo propio de trabajar la lana, preparó instrumentos y discurrió el modo de trabajarla, siendo en adelante el sustento asegurado de la casa.

BENIGANIM: CONVENTO DE LA INMACULADA CONCEPCIÓN Y SAN JOSÉ

Los hermanos Tudela, muy cercanos al Patriarca (Miguel, médico, le asistió en su última enfermedad; Eugenio, sacerdote, muy empatizado con la prioridad que Juan de Ribera daba a la predicación y conversión de moriscos; Bartolomé, muchos años Baile de Benigánim y administrador del patrimonio real) donaron unos terrenos propios en Benigánim para Iglesia y lugar de formación para moros y cristianos. La expulsión de los moriscos por Felipe III en 1609 truncó el objetivo de la donación y pensaron destinar las instalaciones a convento de monjas. La muerte de Juan de Ribera el 6 de enero de 1611 no impide llevar adelante el proyecto y el 3 de junio salen de Santa Úrsula (Valencia) las fundadoras: Dorotea de Jesús, Catalina de la Santísima Trinidad, Vicenta de San Francisco, Esperanza del Calvario y Victoria de San Esteban. El 11 de junio fue el solemne inicio de la vida claustral descalza en Benigánim. Figura destacada de forma indiscutible en este convento fue la beata Josefa María de santa Inés. Tras la persecución religiosa que se desató en la década de los treinta en el siglo XX, también cuenta esta comunidad con una mártir beatificada junto a su madre y tres hermanas carnales, religiosas capuchinas, la beata Josefa de la Purificación Masiá Ferragut.

OLLERÍA: CONVENTO DE SAN JOSÉ Y SANTA ANA

José Pla, baile de Ollería fue quien solicitó poder edificar un convento en terrenos dados por él. Superadas unas dificultades iniciales el 26 de julio de 1611 se inauguraba con hermanas salidas de Santa Úrsula de Valencia: Magdalena de San Cristóbal, Beatriz de Jesús, Paula del Espíritu Santo y Elena de San José. Una sobrina del fundador fue la primera novicia, entrada el mismo día de la fundación. La hija más eminente de este monasterio fue la venerable Inés de la Cruz Nicolini.  

SEGORBE: CONVENTO DE SAN MARTÍN

La fundación de este convento se debe al interés de D. Pedro Ginés de Casanova, obispo de Segorbe desde 1609 y fiel discípulo, amigo y más estrecho colaborador de San Juan de Ribera. Con el mismo objetivo renovador y reparador, vencidas algunas dificultades, aprovechó la truncada fundación de un monasterio pegado a la iglesia de San Martín para llevarlo a cabo pero para ser de Agustinas descalzas. El 12 de enero de 1613 hacían su entrada: Beatriz de Jesús y Elena de San José (desde La Ollería), Josefa de san Juan y Catalina del Espíritu Santo (desde Denia) y Magdalena de San Ignacio (desde Valencia). La protección y mecenazgo de Casanova fueron decisivos para esta fundación, él cargaba con los costes de las obras de ampliación y acondicionamiento, edificó una iglesia nueva y la ornamentó con cuadros de Ribalta. Cuatro sobrinas y dos criadas ingresaron en el convento lo que incrementó su vínculo y protección sobre la comunidad hasta el punto de nombrarle su heredero y ser enterrado en él.

MURCIA: CONVENTO DEL CORPUS CHRISTI

Aquí también es el obispo, el de Cartagena-Murcia, D. Francisco Martínez, quien toma la iniciativa, aprovechando la oferta de dos hijas del Marqués de Los Vélez. Con D. Francisco había tratado con san Juan de Ribera con motivo de la fundación del convento de Almansa. Esta nueva fundación va a contar con muchas dificultades y contratiempos desde el primer momento. En medio de estas se inaugura el convento el 14 de marzo de 1616, con la M. Mariana de san Simeón a la cabeza, saliendo desde Almansa junto con Ana de san Jacinto y Ana de san Miguel. De nuevo, ante las innumerables dificultades que surgían tras la fundación la dirección de la M. Mariana fue decisiva para la consolidación de la misma: cambió de casa y de nuevo ingenió un trabajo singular y propio para la comunidad: el trabajo de la seda, con una manufactura que la hacía original. Con el correr de los siglos este convento llegó a convertirse en una joya artística a nivel nacional.

JAVEA: CONVENTO S. FELIPE NERI Y STA. MÓNICA

Pasan 47 años desde la última fundación en Murcia sin que se den nuevas fundaciones debido, en parte a que España se vio sumida en una gran crisis económica y social. Sin embargo, en este ambiente se dará la última fundación de agustinas descalzas y con la originalidad de surgir desde dentro, no por iniciativas de donantes. La Madre María de Jesús Gallard será la que lo promueva, y quien la conecte a través del tiempo con la tradición descalza más pura. Había ingresado en Denia donde fue novicia de la M. Dorotea de la Cruz. Su lema: “Callar y amar” y su vida se desarrolló entre la incomprensión, persecución y acusación de las monjas de Denia por una parte y la estrecha vinculación con los principales espirituales valencianos de la época por otra. La fundación se lleva a cabo en medio de mucha contrariedad, iniciando la vida claustral a primeros de septiembre de 1663 con la M. María de san Gregorio, Ana de la Madre de Dios, Isabel de la Asunción y Josefa de santa Teresa, pero siendo bendecida tanto en las vocaciones como en el afecto de los habitantes de la población.

Hasta hoy

Durante siglo y medio ninguna de estas comunidades experimentó sobresaltos mayores. Ni siquiera la guerra de Sucesión turbó demasiado el ritmo de su vida. Sólo consta que en 1706 la comunidad de Segorbe acogió durante unos días a las dominicas de Villarreal, que habían sido expulsadas de su monasterio por el conde de Torres. Las vocaciones cubrían los 21 puestos disponibles y las rentas eran suficientes, al menos durante los primeros decenios, para asegurar su modesto sustento. Luego cambió la situación. En 1778 el arzobispo de Valencia informaba a Roma que de los seis conventos descalzos de su diócesis, sólo dos, los de Benigánim y Ollería, estaban suficientemente dotados para mantener a sus respectivas religiosas en vida común y el divino culto de sus iglesias con la decencia que corresponde. Los demás se hallaban extremadamente pobres.

Los únicos acontecimientos que rompían la aparente monotonía de su vida en las primeras décadas eran los embates de la naturaleza y las enfermedades, frecuentísimas en aquellos tiempos de epidemias, de alimentación deficiente y de una tensión ascética no siempre bien dirigida. Las aguas torrenciales las pusieron en serios peligros y en alguna ocasión llegaron a cuartear los cimientos de algunos monasterios. En 1778 el obispo de Valencia escribía que la iglesia de Ollería, que es reducida y obscura, está próxima a desplomarse y el convento de Denia también necesitaba de algunos reparos.

A lo largo de todo este tiempo el nivel religioso de las comunidades fue siempre muy elevado. Tanto los arzobispos de Valencia como los obispos de Segorbe dan público testimonio de él. En sus informes a Roma hablan una y otra vez de su vida ejemplar, de la escrupulosa fidelidad a sus constituciones y de la exactitud con que observan la vida común y la disciplina regular. Su vida de piedad, nutrida con largas meditaciones y con una inusitada frecuencia de la comunión, reservaba una atención especial a la pasión de Jesucristo, tiernísimamente evocada en los libros de sus escritoras más representativas, y a la Virgen María. En 1690 la comunidad de Benigánim se dio por titular, patrona, madre y priora perpetua a la Purísima Concepción. La de Murcia rezaba a diario el rosario en comunidad. Hacia 1700 Juana de la Encarnación se ofrece como esclava a María y firma el acta con su propia sangre. El estrecho contacto con los círculos espirituales más inquietos de cada momento les ayudó a mantener siempre alta su tensión espiritual. A principios del siglo XVII participan del fervor teresiano de san Juan de Ribera y sus discípulos; luego sintonizan con los franciscanos descalzos y recoletos del levante y buscan sus directores entre los jesuitas más experimentados. En ese clima surgieron numerosas almas ardientes, enamoradas de Dios, que consignaron sus experiencias espirituales en autobiografías y valiosos escritos místicos.

Las agustinas descalzas han vivido siempre en íntima simbiosis con el tejido social y eclesial del levante español. De él han recibido la mayoría de sus vocaciones y a él le unían devociones y costumbres locales. A finales del siglo XVIII funcionaba en el convento de Murcia una capilla de música que abonó 2.000 reales al escultor Roque López por una imagen de santa Cecilia. En 1805 la congregación de nobles del Santísimo Sacramento estableció en el de Alcoy la Real Congregación del Alumbrado y Vela. Sus relaciones con la jerarquía también han sido siempre intensas y cordiales. La comunidad de Alcoy participó en la fundación de las servitas de Valencia. Los arzobispos de Valencia, a cuya diócesis pertenecían seis de sus nueve conventos, se consideraron siempre como sus padres y protectores naturales. Uno de ellos envió a un grupito de monjas de Alcoy para reformar a las servitas de la capital. El de Segorbe, que hasta 1671, en que el obispo Vives de Rocamora trajo las carmelitas descalzas a la villa de Caudiel, no tenían otro convento de clausura en la diócesis, se preocuparon siempre de su bienestar espiritual y material. El de Murcia fue objeto de la predilección de varios obispos. Francisco de Rojas (1663-84) costeó la construcción de parte del convento definitivo. Juan Mateo López (1742-52) le regaló el retablo del altar mayor. Y cuatro obispos quisieron esperar la resurrección de los muertos bajo sus marmóreas losas.

Momentos difíciles fueron la guerra de la Independencia y el sexenio liberal. Con la invasión de los ejércitos napoleónicos comienza una larga época en que periodos de paz y relativa bonanza se van alternando con otros de persecución y zozobra. En éstos las monjas sufren persecuciones, despojos, incendios, hambre, expulsiones y hasta la cárcel y la muerte. Los momentos más difíciles fueron los años de la desamortización de Mendizábal y la guerra civil. En la primera el gobierno las despojó de sus propiedades, se incautó de sus papeles, las sometió a toda clase de injerencias y humillaciones y, con el fin de terminar con ellas, les prohibió admitir novicias. El convento de Ollería fue suprimido. Sus religiosas fueron incorporadas a la comunidad de Alcoy y con ella permanecieron hasta agosto de 1849, en que, gracias a la benevolencia de las autoridades locales, pudieron reabrir su convento.

La comunidad de Alcoy contó con el apoyo inteligente e incondicional del presbítero José Vilaplana Gisbert; y la de Segorbe, con la del vicario capitular de la diócesis. A los pocos días de la promulgación de la ley elevó una instancia al gobierno, solicitando la conservación del convento alegando razones de orden público y la inexistencia en la diócesis de otro convento de la orden que pudiera acoger a sus religiosas. En estas adversidades la comunidad dio claras muestras de su salud espiritual. Ni la exclaustración, con la consiguiente dispersión de sus miembros, ni la extrema indigencia, ni el progresivo envejecimiento de la comunidad ni otras mil extralimitaciones de las autoridades fueron suficientes para socavar sus ideales religiosos. Apenas las circunstancias lo permitían, volvían a reanudar la vida regular con renovada esperanza. En 1819 el arzobispo de Valencia escribía que durante la pasada guerra casi todas las monjas habían permanecido fieles a las exigencias de su “instituto”, edificando al pueblo cristiano con su ejemplo y regresando al convento apenas los invasores salieron del país. Tras la desamortización su recuperación también fue muy rápida. Apenas el estado reconoció en 1851 su derecho a la subsistencia y les autorizó a recibir novicias, sus claustros volvieron a alegrarse las voces jóvenes. La comunidad de Ollería comenzó a reorganizarse ya antes del concordato. La de Segorbe completó el número constitucional antes de 1868 y la de Benigánim lo alcanzaría un poco más tarde.

Durante la guerra civil de 1936 ninguno de sus conventos escapó a la furia incendiaria de la plebe, y sus religiosas se vieron obligadas a buscar refugio entre sus familiares o en otras casas particulares. En Murcia y Segorbe las turbas profanaron las tumbas de sus respectivos fundadores. En Benigánim desapareció el cuerpo de la beata Inés, que era su principal tesoro. El convento de Valencia quedó convertido en una de las checas más crueles de la ciudad. Y todos los demás perdieron cuadros e imágenes de Ribalta, Salzillo, Senén Vila, y otros artistas de valor, así como ropas, cálices, ornamentos y un sin fin de alhajas que la piedad popular había ido acumulando en ellos a lo largo de los siglos. Sólo el convento de Segorbe perdió en la contienda cerca del millar de objetos artísticos. Sor Concepción López sufrió ocho meses de cárcel en Almansa. El 25 de octubre de 1936, fiesta de Cristo Rey, milicianos de Algemesí fusilaron en las afueras de Alcira a sor Josefa Purificación Masiá, religiosa del convento de Benigánim junto con su madre y tres hermanas capuchinas.

En 1939 la restauración de la vida conventual tropezó con serias dificultades. Algunos  conventos habían sido pasto de las llamas; otros servían de cárceles o cuarteles; y todos estaban inhabitables. La comunidad de Almansa no pudo restablecer la clausura basta finales de junio de 1945. Un año más tarde gran parte del convento de Murcia continuaba ocupado por las víctimas de las inundaciones. Denia y Segorbe pospusieron la restauración de la clausura papal hasta bien entrada la década de los cincuenta. La de Jávea tuvo que construirse un nuevo convento, pero gracias a la ayuda de “Regiones Devastadas” en 1944 ya pudo trasladarse a él.

Durante varios años las comunidades se debatieron en medio de una pobreza extrema, que llegó hasta obligarlas a enajenar cuadros e imágenes artísticos. La de Murcia se desprendió, entre  otros objetos de valor, de un crucifijo de Salzillo, del busto de Nuestra Señora de la Leche y del tríptico de Senén Vila sobre la Virgen de Guadalupe. La de Segorbe obtuvo permiso para enajenar el famoso cuadro de Jacomart, por el que el ayuntamiento de Bilbao llegó a ofrecer un millón de pesetas. El fervor religioso que envolvía la nación y la relativa abundancia de vocaciones permitieron la recuperación de varias de sus comunidades. Pero otras continuaron muy mermadas de personal. En 1952 sólo Alcoy tenía el cupo completo. Murcia, Segorbe y Jávea se acercaban a él, mientras que las comunidades de Benigánim, Ollería, Almansa y Denia o no llegaban a la mitad o estaban formadas por personal muy avanzado en años. La atención espiritual también dejaba bastante que desear.

Tras la promulgación de la constitución apostólica Sponsa Christi, del 2 de noviembre de 1950, los agustinos recoletos promovieron la federación de sus conventos, que fue aprobada por la congregación de religiosos el 27 de julio de 1957. Al principio entraron en ella los conventos de Valencia, Benigánim, Jávea, Murcia, Ollería, Segorbe y Valencia. La casa madre de Alcoy se incorporó bastantes años más tarde y los conventos de Almansa y Denia prefirieron unirse a la federación de las recoletas. Su primera presidenta fue la madre Clara del Santísimo Sacramento, del convento de Segorbe, que fue elegida en abril de 1958.