San Juan de Ribera

La reforma fue un ideal predicado y vivido en toda la Iglesia católica desde finales del S. XIV. Con sus más y sus menos alcanzó su plenitud a finales del XVI, tras el Concilio de Trento. Dentro de esta corriente, Santa Teresa, con la fundación de San José de Ávila, se vuelve el máximo exponente del movimiento descalzo en la vida religiosa, influyendo en un buen número de órdenes. Es lo que Juan de Ribera denomina general reformación de las monjas y por lo que empatiza tanto con la obra de la Santa reformadora. La reforma nace de la insatisfacción, de la comezón interior que desea una vida mucho más radical, enraizada en el deseo de fidelidad a lo esencial de la propia vida: la oración, el silencio, la soledad, la pobreza, la penitencia, la vida fraterna, la sencillez de vida e igualdad entre las hermanas. Todo esto, en esta época, se vuelve un ideal que ejerce gran atractivo y se extiende por toda la geografía española de finales del siglo XVI, aunando los espíritus más generosos e inquietos. Todo el fervor eucarístico de san Juan de Ribera y su época va a tener un influjo especial en las Agustinas Descalzas tanto porque su fundador es un enamorado del Santísimo Sacramento como porque su fundación da el primer paso en Alcoy, en respuesta reparadora a una profanación de la Eucaristía. Ellas hacen suyo el santo y seña del fundador: ¡Alabado sea el Santísimo Sacramento! Y van a tener una especial dedicación a la Oración, cuyo centro será la Eucaristía